martes, 6 de enero de 2015

Locuras de año nuevo

Traté de describirte, igual que tantas otras veces, al amparo de una taza de café, a fin de entender el misterio de tus ojos. 
Traté de conocerte, si es que eso era posible, pues, ¿quién entiende el amor? Y, sin embargo, eso es lo que tú eres.
Conté los segundos que pasé a tu lado, apenas veinticinco y fueron un mundo de experiencias y sensaciones al límite. ¿Qué hay en tus ojos sino belleza y luz? Probé a vivir sin ti y morí mil veces en ese minuto. Traté de no mirar tu rincón en la cafetería, pero no pude y odié a cada una de las personas que ocuparon tu puesto esa mañana, la mañana que decidí decirte lo que sentía si es que el destino me permitía volver a verte. ¿Verte? ¿Hay algo que supere volver a verte? Recorrería caminando el mundo entero de un extremo al otro si supiera que al final te encontraría. Miento. Lo haría corriendo.
Pero no hizo falta tal locura, pues ahí estabas tú de nuevo, con un libro entre tus manos y tu sonrisa al pedir un café. Todas las cosas importantes me pasaron con un café como testigo, como cuando me senté en la mesa de al lado y te pregunté si te gustaba ese libro.
Has leído casi mil libros desde ese día, algunos eran míos y otros te los he regalado yo, pero ya no te pregunto si te gustan. Simplemente me besas.